“Un pie frente al otro y adelante” me dijeron, y así empecé a andar la vida. Al principio me era fácil: el terreno era suave y blando, sin mayores obstáculos.
“Una palma contra la otra”, me explicaron, y así empecé a celebrar los días. No fue ningún problema: había tanto que festejar… Y yo lo festejaba.
“Los ojos bien abiertos”, me encomendaron, y así los mantuve. Lo hacía naturalmente: todo lo quería ver, siempre alerta e impresionable.
“La espalda derecha”, dictaminaron, y les hice caso. Me era sencillo: miraba a todos desde arriba, presuntuosa y altanera.
Pero dejó de ser el principio y descubrí que me habían mentido…
Nadie me dijo que a veces hay espinas en el suelo, que existen morros que escalar y barrizales que atravesar. Que los pies sangran y querrían quedarse inmóviles, paralizados en un punto sin avanzar.
Nadie me explicó que cuando no hay nada que festejar las palmas arden en su nulidad y envejecen. Que se pierde el tacto cuando la vida no da razones para aplaudir ni otra piel que acariciar.
Nadie me encomendó cerrar los ojos cuando quisiera enceguecer por un rato. Ni que no siempre se ve lo que se quiere y la mirada puede nublarse en llanto por instinto.
Nadie dictaminó que podía encoger los hombros aquellas veces en que sentía rendirme y mirar el mundo desde abajo. Que la fuerza de gravedad puede ser insoportable y hace que caigan por su propio peso en un largo suspiro.
Nadie me enseñó que toda moneda tiene cara y ceca, siempre me mostraron el lado más lustroso.
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