18/4/07

A mi me gusta mirar los postes, observarlos y desnudarlos con la mirada hasta ver su esqueleto hueco. Pero más me gusta quedarme mirando postes porque siempre hay alguien que se los lleva puestos. Y ahí me quedo, parada cerca de la hipnosis, esperando que alguien se de uno en la frente. Cuando veo que alguien se lo va a chocar una voz adentro me dice que avise, que lo prevenga, pero sorprendentemente no lo hago, y hasta disfruto cuando retumba el sonido vacío que provoca el choque, que nunca sé si proviene del poste o de la cabeza del golpeado. La verdad es que el que más lástima me da es el poste. El pobre no tiene la opción de esquivar, no está en él el control de ese último paso que conlleva al estrello. Y ahí se queda inmóvil e inamovible, prisionero de la torpeza y distracción ajena, como aquél q espera q le den una mala noticia.
Triste historia la del tornillo y el destornillador. A los dos les antepusieron un artículo determinado masculino y los condenaron a ser mirados con desprecio por la sociedad homofóbica de las herramientas. A uno lo pusieron en una brillante y pesada caja y el otro duerme en un cuadradito de cartón, como forzados a interactuar con seres del otro género en un caso, o sólo con los de su especie en el otro. Pero allí reposan inertes, sin motivo a reaccionar. ¿Acaso nadie notó las fisiologías complementarias del tornillo y el destornillador? ¿El encaje cuasi-matemático que existe entre ellos? No, decidieron que los dos terminen en tercera vocal abierta sólo para predestinarlos al prejuicio.
El tornillo parece ser un poco más tímido que el destornillador e intenta disimular su naturaleza reuniéndose a menudo con una tuerca (utensilio precario precedido por artículo determinado femenino) y hasta a veces mata su vergüenza entablando con ella una relación estable y duradera. En cambio el destornillador se reconoce sólo hecho para el tornillo como si lo hubieran diseñado a medida. En una relación de dos, siempre hay uno que se entrega más.

Algo se ha roto en el sistema eléctrico, como si el cosmos confabulase con los inventos humanos para crear el encuentro esperado entre nuestros dos precitados. Por supuesto que la luz es tenue –fue la electricidad la que falló, creando un escenario penumbroso-. La confabulación no es tan fuerte ni arriesgada como para que el acto pecaminoso herramental se produzca a la vista de todos. Al fin se encuentran nuestros protagonistas tímidos y el tornillo va abandonando de a poco a su tuerca, como si a esta altura ya no importase que el acto adúltero se produzca bajo la mirada octogonal y confundida de la tercera en cuestión, que cae como despechada en la mano de alguien. No son tímido y tímida: son dos tímidos. Pero no les importa. Cada uno reconoce en el otro la fisiología complementaria que los atrae, y hasta la disfrutan. Así, se funden en un amor metálico y giratorio, pero a la vez verdadero.

Otra historia triste es la del martillo y el clavo, pero contar eso ya sería más osado: el de ellos es un amor violento.
“Un pie frente al otro y adelante” me dijeron, y así empecé a andar la vida. Al principio me era fácil: el terreno era suave y blando, sin mayores obstáculos.
“Una palma contra la otra”, me explicaron, y así empecé a celebrar los días. No fue ningún problema: había tanto que festejar… Y yo lo festejaba.
“Los ojos bien abiertos”, me encomendaron, y así los mantuve. Lo hacía naturalmente: todo lo quería ver, siempre alerta e impresionable.
“La espalda derecha”, dictaminaron, y les hice caso. Me era sencillo: miraba a todos desde arriba, presuntuosa y altanera.
Pero dejó de ser el principio y descubrí que me habían mentido…
Nadie me dijo que a veces hay espinas en el suelo, que existen morros que escalar y barrizales que atravesar. Que los pies sangran y querrían quedarse inmóviles, paralizados en un punto sin avanzar.
Nadie me explicó que cuando no hay nada que festejar las palmas arden en su nulidad y envejecen. Que se pierde el tacto cuando la vida no da razones para aplaudir ni otra piel que acariciar.
Nadie me encomendó cerrar los ojos cuando quisiera enceguecer por un rato. Ni que no siempre se ve lo que se quiere y la mirada puede nublarse en llanto por instinto.
Nadie dictaminó que podía encoger los hombros aquellas veces en que sentía rendirme y mirar el mundo desde abajo. Que la fuerza de gravedad puede ser insoportable y hace que caigan por su propio peso en un largo suspiro.
Nadie me enseñó que toda moneda tiene cara y ceca, siempre me mostraron el lado más lustroso.