Triste historia la del tornillo y el destornillador. A los dos les antepusieron un artículo determinado masculino y los condenaron a ser mirados con desprecio por la sociedad homofóbica de las herramientas. A uno lo pusieron en una brillante y pesada caja y el otro duerme en un cuadradito de cartón, como forzados a interactuar con seres del otro género en un caso, o sólo con los de su especie en el otro. Pero allí reposan inertes, sin motivo a reaccionar. ¿Acaso nadie notó las fisiologías complementarias del tornillo y el destornillador? ¿El encaje cuasi-matemático que existe entre ellos? No, decidieron que los dos terminen en tercera vocal abierta sólo para predestinarlos al prejuicio.
El tornillo parece ser un poco más tímido que el destornillador e intenta disimular su naturaleza reuniéndose a menudo con una tuerca (utensilio precario precedido por artículo determinado femenino) y hasta a veces mata su vergüenza entablando con ella una relación estable y duradera. En cambio el destornillador se reconoce sólo hecho para el tornillo como si lo hubieran diseñado a medida. En una relación de dos, siempre hay uno que se entrega más.
Algo se ha roto en el sistema eléctrico, como si el cosmos confabulase con los inventos humanos para crear el encuentro esperado entre nuestros dos precitados. Por supuesto que la luz es tenue –fue la electricidad la que falló, creando un escenario penumbroso-. La confabulación no es tan fuerte ni arriesgada como para que el acto pecaminoso herramental se produzca a la vista de todos. Al fin se encuentran nuestros protagonistas tímidos y el tornillo va abandonando de a poco a su tuerca, como si a esta altura ya no importase que el acto adúltero se produzca bajo la mirada octogonal y confundida de la tercera en cuestión, que cae como despechada en la mano de alguien. No son tímido y tímida: son dos tímidos. Pero no les importa. Cada uno reconoce en el otro la fisiología complementaria que los atrae, y hasta la disfrutan. Así, se funden en un amor metálico y giratorio, pero a la vez verdadero.
Otra historia triste es la del martillo y el clavo, pero contar eso ya sería más osado: el de ellos es un amor violento.
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